Fujùr se giró en la niebla, y la bruma se abrió como zarzales de moras, formando rosetones de espinas y complicadas estructuras fractales. Su voz de campana surgió como el trueno y arrastró consigo la suerte que le acompañaba.
-¿Niente? ¿Niente de la Fortaleza de Tashir?
Niente, heraldo y paladín de la última muerte, apretó su partesana con firmeza. Fujùr era esquivo y silencioso, y sólo se le podía ver cuando él quería. Una ristra de dientes blancos como perlas asomaba entre sus fauces, colmillos níveos en un mar de plata y viento. Hasta ella llegó una fresca brisa que la tanteaba.
-Fujùr. -la guerrera clavó los talones y el arpón en el suelo, sin inmutarse. A fin de cuentas su ascendencia no era tan lejana. Todos tenían colmillos nacidos de la sangre.
-Niente, la última sombra. Qué triste placer el verte -el dragón trinaba cada palabra, asemejando una campana de bronce tañendo en la mañana-. ¿Qué vienes a buscar?
-Tu suerte.
Los ojos de Fujùr, dorados como soles, destellaron fieramente.
-Habrás de pelear por ella.
-¿Para qué si no nací?


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